Alrededor de los 45 o 50 años, muchas cosas se mueven al mismo tiempo. El cuerpo cambia, los hijos crecen, los padres envejecen y el trabajo ya no significa lo mismo. Se parece bastante a la adolescencia: hay desconcierto, cansancio y preguntas nuevas. Por eso tiene un nombre propio, Madurescencia.
Me interesa porque veo a muchas mujeres atravesarla en silencio, convencidas de que algo en ellas está fallando. Lo que suele pasar es otra cosa. En la primera mitad de la vida construimos un contenedor: la familia, el trabajo, los roles, la seguridad. En la segunda llega el momento de decidir con qué queremos llenarlo.
A los hombres también les pasa, aunque lo conversen menos.